domingo, 20 de enero de 2019

La intransigencia de Duque


El odio es una enfermedad de los individuos; y como toda enfermedad se extiende y contagia a las sociedades. Colombia y sus individuos vivieron sumidos en una enfermedad de odio mutuo por más de 200 años. La cifra parece exagerada, pero la historia patria está enmarcada con enfrentamientos constantes, cuya base es la imposibilidad de reconocer la otredad de aquel que no está en mi zona de confort. En este contaminado aspecto de individualismo, el odio se extiende por los ductos de nuestra civilización hasta enfermar la génesis de quienes somos.

El problema es que la base de nuestra unión es este cáncer. Una civilización como la nuestra (si es que a esto se le puede denominar civilización) se debería entender como un conjunto de recetas, métodos dirigidos a proteger y propagar la vida humana, o por lo menos así lo planteó el filósofo francés Emamanuel Berl en uno de sus tantos ensayos. En Colombia la definición está trucada: existe un conjunto de recetas y métodos dirigidos a propagar la popularidad de un hombre; a punta de odio.
Lo que vivimos en estos días es la exaltación del odio y un retroceso en la lenta espiral de nuestro desarrollo. La evolución es un proceso lento que se estancó en este pedazo del mundo. El odio y la paranoia son nuestra forma de convivir y el único método para que la sociedad se una. Pero ¿de dónde surgió esto que, para algunos, fue un golpe intempestivo?

La respuesta tiene dos sílabas y cinco letras: Duque. El presidente de la República, aquel sujeto que clama unidad y acuerdos “sobre lo fundamental” logró darle al clavo: unidad mediante el odio dirigido. El evento de la escuela de cadetes fue la consecuencia de seis meses de políticas intransigentes, de persecuciones políticas por parte del Fiscal General, de la aniquilación sistemática de líderes sociales y de la intransigencia para apoyar un proceso de paz que el Gobierno anterior logró adelantar hasta un punto impensable.

Ante esto ¿qué hizo el presidente derechista? Arengar contra los resultados de su predecesor, culpar de todo a los "polarizadores" e intentar llegar a un acuerdo con los grupos que no pudo convencer. Su incapacidad de mando le cerró las puertas en el legislativo; su reforma tributaria perdió el eje fundamental de lo que pretendía y su reforma política quedó floja y desfigurada. Su partido político le dio la espalda en varias iniciativas y su popularidad comenzó a irse por las cloacas, al igual que la credibilidad del Fiscal General de la Nación.

Su salida de emergencia fue apelar al odio; un plan b que comenzó a estructurar desde el 7 de agosto de 2019. Lo materializó de a poco: descontinuó al equipo negociador, desconectó los canales de comunicación y comenzó a amenazar; esperando que con el bolillo en la mano el grupo guerrillero del otro lado de la mesa reaccionara. También empezó a frenar las políticas de reincorporación social y, de a poco, acabó con las políticas de sustitución voluntaria. Con su incapacidad de aplicar el acto legislativo 02 de 2009, desconoció los avances en políticas contra las drogas y destrozó la perspectiva moderna de entenderlo como un problema de salud pública, para convertirlo en un caballito de guerra.

El Ejército de Liberación Nacional es una célula pequeña (tan solo 1.500 combatientes) pero reaccionaria ¿Acaso el Gobierno creía que la guerrilla se iba a sentar cuatro años a esperar que nada pasara? Pero recordemos una cosa, el pasado 24 de diciembre el grupo guerrillero decretó un cese al fuego unilateral de 10 días. El 25 de diciembre, según denunciaron los líderes de esa organización, el Gobierno bombardeó campamentos guerrilleros, desconociendo el derecho internacional humanitario e impulsando el rencor de la subversión. La valentía de atacar gente en tregua.
Ahora ocurre un evento que nos regresa en la espiral de nuestros avances ¿y cuál es la respuesta? El odio, en su estado más puro y propagado en las masas. El cáncer que nos une como sociedad y la lástima por nuestras víctimas. Un ataque en medio de una guerra, un objetivo militar contra otro y el futuro escalamiento de un conflicto.

Tal vez quedemos envueltos en las humaredas y los escombros; gritando insultos contra el otro, mientras sobrevivimos en un día a día, cundidos de pánico y alimentados con odio. En este estado de paranoia nos quieren sumergir, para que a las malas tengamos ese “acuerdo por lo fundamental” que tanto pregonó Duque en su campaña política.

Es momento de marcar una diferencia y no caer en esta división social que promueve este Gobierno. Colombianos, descontaminémonos de esta enfermedad y tengamos una revolución moral, donde el otro tenga valor y podamos entender nuestra realidad más allá de una pelea entre “buenos y malos”, sino que esto es un proceso lento y tortuoso para restablecer los lazos sociales que no nos han permitido rodear la idea de la unidad como seres humanos. Una revolución moral que nos aleje del totalitarismo que encarna el rostro de Álvaro Uribe Vélez y que nos distancia cada vez más. Una revolución moral que nos devuelva la humanidad que nos arrebataron a la fuerza, cada uno de los actores armados (legales e ilegales) que, por desgracia, nos han acompañado en nuestra historia.     

martes, 6 de noviembre de 2018

El final de la jornada






En el salón vacío se sienta en la última silla y contempla el fin de otro día. De nuevo recae sobre sí la sensación más grande de soledad que le puede dar la vida, intenta ignorarla.Pone música en su computador y busca concentrarse en otras cosas, en otros momentos de su vida.

Cierra los ojos y a su mente llegan chispazos de su pelo, de sus manos y de sus ojos. Si se deja ahogar por un suspiro, vuelve a sentir como su piel pasea por sus dedos. Juguetea con el recuerdo que intenta olvidar pero que no puede dejar de lado. Se siente como en una colina de nubes púrpura; está completamente drogado, solo y lleno de trabajo. La sangre que le pasea por las venas corre con torpeza. Intenta respirar, pero el corazón sale a toda marcha de su pecho. “que se evapore la realidad, hoy me siento poderoso para afrontar esta mierda”, se grita a sí mismo, mientras le disimula al mundo un perfil de hombre cuerdo.

Algo dentro de su cuerpo grita, está desesperado y quiere escapar. El trabajo no da tregua, debe controlar la locura, debe mantenerse cuerdo, ser un niño bueno, alguien que sea digno de tener la madre y la esposa que lo reciben todas las noches, sintiendo ese  grillete llamado cariño, eso que nos mantiene cuerdos.

Escupe y siente cómo se adormece su lengua. El sabor amargo de la cocaína en la garganta. Su espalda vibra y sus músculos responden a otro ritmo, algo más allá que esa puta oficina donde adormece su culo todos los días. Nada cambiará. Una lágrima se escapa de sus ojos. Bonita corbata y lindos zapatos. El reloj reluce en una oficina vacía.

Un pase más, para concentrarse. La cocaína viaja y la felicidad se siente como comezón en la punta de la nariz. Ya pronto acabará con ese informe mediocre. Doscientas hojas manchadas con palabras de porquería para que un gordo malcriado y burgués se lleve el crédito, sin tener que pasar noches eternas y largas de trabajo, sin tener que atragantarse largas jornadas de sinsentido perdidas en frases que no saldrán de su cabeza. "Felicitaciones por tu basura, gordo de mierda", se dice mientras sus dedos teclean sin cansancio.

Solo quiere terminar. Dejar pasar un viernes más. Sentir la comezón y el asco, sentado en un montón de sillas carcomidas por el polvo, los flujos vaginales, la sangre y el semen de los desgraciados que estuvieron antes que él en ese lugar. Ya no le importa su esposa, su amante o su madre; ya no le importa nadie, más que ese informe mediocre.

Faltan dos párrafos. Solo quedan unas frases. Se arranca las palabras de algún rincón del cerebro. En el computador suena música descerebrada, quiere cantar, pero le da pena con la pulcra oficina vacía. Escupe otra vez, se salpica los zapatos. Queda una frase. Sujeto, verbo, predicado. Complemento directo, adjetivo, el subjuntivo o el condicional. Concluir el informe y el corazón viaja más rápido que cada uno de los días de mierda que ha vivido en los últimos años. “Que se pudra ese hijueputa”; una frase pura, sin falsificaciones. Punto final y las babas saltan de su boca. No puede hablar y cae al piso. Linda corbata salpicada de vómito, zapatos con sangre y un cuerpo que serpentea en el suelo de una oficina vacía.

jueves, 21 de junio de 2018

La crueldad rutinaria, el crimen de Andrés Camilo Ortiz


Dedicado a Andrés Camilo Ortiz y todos aquellos que han sufrido la brutalidad policial

"Y murió a contramano, entorpeciendo el tránsito" Chico Buarque

En mi barrio nunca pasa nada. Pareciera que el tiempo transcurre en un ir y venir de buses, carros y luces. Es un lugar callado, adormecido por el sonido de las llantas que corren el pavimento a una velocidad tortuga. Las tiendas abren a la misma hora, los rostros mutan y envejecen con el paso del tiempo. Todo es tan común, tan cotidiano y tan somnoliento.

Pero siempre existen eventos que destrozan ese manto. Hace un par de días un policía mató a un hombre de 18 años por intentar entrar al sistema de transporte de la ciudad. El agente se percató del acto y lo persiguió. El joven salió a correr y se perdió en medio de esas calles regulares y tranquilas, rodeado del tráfico que se posa como una fotografía de la rutina. Él corrió, superó en fuerza y velocidad al policía, y en ese enfrentamiento lo superó con creces. Pero el día no estaba para convertirse en el retrato patético de un fofo agente de la policía.

Ante su impotencia, utilizó toda su capacidad mental para fraguar un plan repentino. Detuvo un taxi y atrapado en un cliché hollywoodense, le pidió al conductor seguir a ese pelado flacucho, que se le escapaba en el retrato estéril de las calles de mi barrio. Lo alcanzó, se bajó del carro y sacó su revolver. Ninguno de los que habitamos este lugar pudimos escucharlo o ayudarlo; nuestras vidas pasaron con indiferencia sus miradas ante el último suspiro de este duelo. La pólvora salió disparada, y un joven de 18 años, estudiante de contaduría de la Universidad Nacional se desplomó en el piso, donde muchos de nosotros damos los primeros pasos para ir por nuestras vidas, en estas calles que lo callan todo; en estos lugares que estructuran nuestra rutina.

Hoy llegaba a casa del trabajo. El tráfico estaba mucho más lento que de costumbre. La policía acompañaba a unos jóvenes que frenaron los deseos de muchos para llegar temprano a sus casas, aquellos que desde los vehículos maldecían e insultaban a un grupo de personas que lloraban a alguien que podría ser hijo, hermano o sobrino de los afanados que no son capaces de sacrificar unos minutos de su apreciada droga rutinaria.

Improvisaron un altar cerca de la entrada del sistema. Cantaron arengas contra el Estado, contra la policía, contra la indiferencia, contra la crueldad de la vida, que muchos no alcanzamos a entender. ¿Y nosotros que pensábamos en ese momento? Nuestras vidas son un murmullo ante el incansable sonido del tráfico, las crudas cifras económicas de sostenibilidad de la ciudad y el corrupto sistema judicial. Ojalá los culpables paguen y que la memoria de Andrés Camilo Ortiz no se pierda en este laberinto de concreto. Ojalá la justicia entienda que una vida humana vale más que 2.300 pesos. Algún día nuestra Colombia dejará de ser tan cruel.

 En ese momento me agobió la tristeza al pensar que aquel podría ser mi hermano o mi amigo de la infancia. Suspiré y aplaudí a los congregantes, mientras que descubría la fragilidad de la rutina y la cotidianidad, en estos lugares como mi barrio donde todo pasa frente a nuestros ojos, pero caminamos como asnos, quejándonos de todo y criticando a todo el mundo porque, al parecer, en nuestro barrio nunca pasa nada.


Posdata: Pueden ver algunas manifestaciones en redes sociales sobre la congregación del 21 de junio de 2018.


domingo, 16 de julio de 2017

Un día de septiembre

Bogotá, un día cualquiera


Diez de la mañana. La bruma de los días de septiembre ennegrece esta ciudad y los rostros se carcomen gracias a las sombras de los ojos. Escucho muchas cosas mientras voy a mi trabajo, como todos los días. Las mismas estupideces le pasan a todo el mundo por igual. Y los actores en escena siempre son los mismos: las señoras regordetas que caminan como burros resentidos por las calles de esta ciudad, mientras en cada relincho se quejan de cualquier cosa; los hombres que parecen destrozados y los jóvenes que aún cargan un alma sin desilusión alguna. Pero de todo el panorama no hay nada que me parezca más bello de estos días de septiembre que los rostros de las mujeres.

Las mujeres me gustan mucho. Paradójicamente, ocurrió todo lo contrario a lo que pensé cuando tenía veinte años; cada vez me gustan más. Me gustan esas sonrisas, imaginar cómo se desvanece la espalda en una fina línea delgada para convertirse en la cadera. Imagino el movimiento de los culos y sentir como la piel erizada responde al camino que marcan mis manos. Amo esa sensación. Esa pervertida sensación de mirar a las mujeres en el bus, creer que se acercarán a mi oído y entre suspiros liberarán cada pensamiento que se ha tomado sus neuronas. También pienso en sus rostros, los olores y las manos.

Nada es más importante que las manos de una mujer, unas manos delgadas que puedan tocar las telas más finas sin hacer ningún daño. Unas manos que te abran la puerta a todo el cuerpo. A la eternidad. Porque una mujer es el reflejo del infinito. Y yo caigo, estúpido e indefenso. Quiero ser un perro guardián, o un juguete, un ente que mira y que pide aprobación. Quiero que esas manos me destrocen, me lastimen y me curen, quiero que me acaricien, que pasen por todo mi cuerpo, quiero sentir el infinito y la sensación de ingravidez que produce una mujer con una caricia. Y quiero morir gracias a su veneno, quiero que me maten y me entierren. Me imagino todo eso, mientras la vida pasa caóticamente aburrida, y la horrible sensación de vacío se toma mis días.

Hace más de una semana que no hablo con mi mujer. Aunque no sé por qué la llamo mi mujer, ahora es toda una desconocida. Pero hoy siento este recuerdo diferente, nunca habíamos dejado de escribirnos tanto tiempo después del divorcio. Me siento raro. El cuello de la camisa me pica y siento que me he vestido mal esta mañana. Creo que la extraño, como si me hiciera falta su compañía en la casa. Pero ella quería algo diferente, me formó una idea del mundo y luego se largó. Incluso se llevó a la niña. Hace más de un año que no la veo. Creo que ya está en edad de ser como cualquiera de estas mujeres que observo cuando voy al trabajo. Pero ya llevo mucho tiempo sin hablar con las dos; el silencio es peligroso cuando se acumula en cantidades exageradas. No quiero dejar a mi exmujer, aunque la deteste.

Así son las cosas, esto le puede pasar a cualquiera y el único remedio que me queda es intentar levantarme de esa mierda. La timidez y la rutina me atrapan, y yo solo puedo mirar mujeres en los buses e imaginar una vida distinta, o tener una idea pervertida. No lo sé, es una especie de remedio, nunca imaginé que la vida pudiese llegar a ser tan aburrida. Once de la mañana, el pito del bus anuncia que las puertas están abiertas. Mi trabajo me espera, un nuevo inicio. Pero no puedo dejar de preguntarme ¿será que es el día el que comienza o es la vida que termina?  


jueves, 23 de marzo de 2017

Coexistencia



Dos pedazos de un árbol que se atreven a mirarse en medio del pasto. Los pájaros que vuelan en un cielo despejado. El camino de la brisa que se marca en un terreno olvidado por los hombres. Las piedras esconden lombrices. La tierra resguarda cigarras, tijeretas y caracoles. Las flores se dejan devorar de parásitos e insectos. Los sonidos son calmos. El ruido no existe, salvo los alaridos de animales sufriendo el proceso de la muerte. Algunos caen. La marca del desespero deforma su semblante. Los cadáveres putrefactos son olvidados, mientras la vida sigue. De los vientres regordetes salen seres nuevos para succionar las tetas de alguna madre que con desgracia verá la deformidad de su cuerpo. Peleas. Sangre. Vómito. Mierda. Vida, nada más que eso. El viento pasa y los pájaros hablan con las corrientes de aire. El cielo despejado se parece al mar más desolador y todos los seres vivos que lo contemplan se sienten náufragos. Todos estamos abandonados a nuestra suerte. Nada tiene sentido. La vida se reduce a la quietud. Y todo perecerá, excepto el paso del viento y esos dos pedazos de un árbol absorbidos por el pasto en un lugar olvidado por el hombre.

viernes, 6 de enero de 2017

El heroísmo de la debilidad

Fotograma de la adaptación cinematografía de "Muerte en Venecia" dirigida por  Luchino Visconti 


Cada desgracia y cada sentimiento que pertenecen a la vida de las personas forjan nuestro camino hacia la nada. El anonimato es el fin último de la existencia; y de esa forma aquella persona que piense en su propia conciencia reconocerá su insignificancia. La fragilidad del mundo, el caos, la peste y el conocimiento pleno de perder lo único que da sentido a tu vida sobrepasa cualquier logro, cualquier delirio de grandeza. Porque el hombre que reconoce sus debilidades se entrega, con encarecida furia e inocencia, a aquel objeto que considere sacro. que vea más allá de sí mismo.


El final de La muerte en Venecia está cargado de una cantidad de detalles que como lector me han producido ciertas inquietudes. Más allá de un relato onírico e intelectual de un hombre que describe a un niño, vemos una relación mitológica entre un humano alabando a su divinidad. Tal es la devoción del personaje principal que prefiere morir, antes de tener que vivir sin la sacra presencia de su sujeto idealizado. “Y un sentimiento paternal, el sentimiento del que se sacrifica en espíritu al culto de lo bello, por aquello que posee belleza, llenaba y conmovía su corazón”. Las personas se dejan dominar por sus propias idealizaciones hasta caer en locura.


Un hombre camina por la playa, se sienta y mira como la imagen de la perfección se detiene a mirarlo. De repente, los ojos del narrador se posan sobre el observado, quien contempla la muerte de su vigilante. El caos de una ciudad a punto de derrumbarse es el marco perfecto para retratar una obra inconclusa. Al final, cae en la playa y desaparece. Mann, como los grandes poetas, logra explorar los confines de las emociones humanas hasta encontrar sus límites en los juicios de la moralidad; en sus propios temores. Incluso, nos plantea la relación codependiente entre locura y moral, directamente nos pregunta sobre “la decisión moral, más allá de todo saber, de todo conocimiento disolvente y apático, ¿no significa al mismo tiempo una simplificación moral del mundo y del alma, y, por consiguiente, una propensión al mal, a lo prohibido, a lo moralmente prohibido?” La moralidad del ser humano como causante de sus propias debilidades.  


La contraposición entre belleza y locura; conocimiento e inocencia; vejez y juventud, logran retratar a un hombre presa de su rutina. Hoy, cuando pienso en lo que acabo de leer, no deja de atormentarme la idea del hombre débil que deja de existir en un momento tan efímero y repentino como la muerte de cualquiera. Perdiéndose, junto con su propia conciencia, todos los miedos y las angustias que lo definieron como humano.

¿Un héroe, un cobarde o un enfermo? Eso depende de quien juzgue a los personajes, eso depende del nuevo observador que mire el ángulo de esta historia desde la zona que considere más conveniente; desde su propia decisión moral. Para mí, este retrato de la debilidad del ser humano, es suficiente para convencerme de lo cruel que puede ser la conciencia de la mera existencia; como el conocimiento marca el camino hacia la nada, pero al fin y al cabo, el autor declara a “la nada” como una forma de la perfección (o tal vez la única). Entonces somos seres débiles en constante lucha, intentando vencer nuestros temores, intentando entender el final de nuestro propio camino “(...) Considerando estos aspectos y otros semejantes , uno llega a dudar de que haya otro heroísmo que el heroísmo de la debilidad. Y, en todo caso, ¿qué especie de heroísmo podría ser más de nuestro tiempo que éste?”.

martes, 22 de noviembre de 2016

El sinsentido

Palabras como unidades lógicas de sentido. Palabras como fragmentos de la expresión humana, ¿qué son las palabras inconexas, amarradas al vacío, las palabras que vuelan en el viento? Nada. Sin las palabras no podríamos ser personas; nuestra existencia está amarrada a las voces, a las ideas que se pasean por nuestra mente. No somos nada más que palabras.


Las palabras no son un sonido que sale de la garganta o un garabato que muere en una hoja; las palabras son nuestra motivación para el pensamiento. El problema es que ante la realidad de los objetos, las palabras no tienen significado; ante la magnificencia del universo, no somos más que sonidos sin sentido.